Sumida en la soledad, ella no comprendía como funcionaba aquello de confiar en las personas. Sentía que contar sus secretos a alguien, sencillamente significaba que alguien tendría en sus manos la manera de golpear su punto débil, y no estaba dispuesta a dejar ese poder en manos de nadie. Pero guardarse todo para misma, implicaba una carga demasiado pesada. Quienes la conocían, sabían que nadie mas que ella misma, sabía todo sobre su vida. No salía muy a menudo, y no entablaba una conversación demasiado personal con nadie. Pasó toda su vida sola, rodeada de gente, pero sin nadie.
En su lecho de muerte. Su sobrina, se acercó, mientras ella observaba las cortinas con expresión desesperada. La pequeña quiso saber que sucedía, pero ella solo le pidió que la acercara a la ventana. Su expresión se suavizó al correr las cortinas y observar en lo más alto del cielo, esa figura redonda, tan familiar y hermosa. Esa luna llena, tan cautivadora y misteriosa. Una lágrima corrió por su mejilla, y volvió a su cama. La pequeña niña preocupada quiso saber qué sucedía. Ella se limitó a decirle. - Nunca estuve sola ¿sabes? A pesar de lo que todos creen, siempre tuve compañía. Si te sientes sola, y no confías en ninguna persona. Solo mira al cielo las noches de plenilunio. Él siempre está, siempre escucha y nunca te traiciona. - ¿Quién? - preguntó la pequeña sorprendida. - El conejo, el conejo en la Luna. - Dijo ella con el último aliento escapándose de su cuerpo.